El habla, la escritura y Jacques Derrida

Lingüística y gramatología 

DE LA GRAMATOLOGÍA - Jacques Derrida 
[De la Grammatologie. Collection Critique, Paris, Minuit, 1967] 

Para Saussure, ceder al “prestigio de la escritura” es, decimos nosotros de inmediato, ceder a la pasión.

Es la pasión -y hemos sopesado este término- lo que analiza Saussure y critica como moralista y psicólogo de una tradición muy vieja. Como se sabe, la pasión es tiránica y esclavizante: “... la crítica filológica falla en un punto: en que se atiene demasiado servilmente a la  lengua escrita y olvida la lengua viviente” (Curso de lingüística general - p. 40). “...tiranía de la letra”, dice en otra parte Saussure  (p. 81).

Esta tiranía es en el fondo el dominio del cuerpo sobre el alma, la pasión es una pasividad y una enfermedad del alma, la perversión moral es patológica. La acción de retorno de la escritura  sobre el habla es “viciosa”, dice Saussure, “.. . lo cual es, en realidad un hecho patológico” (p. 81).  La inversión de las relaciones naturales habría engendrado así el culto perverso de la letraimagen:  pecado de idolatría, “superstición por la letra” dice Saussure en los Anagrammes  donde encuentra dificultad para probar la existencia de un “fonema anterior a toda escritura”. La  perversión del artificio engendra monstruos. La escritura, como todas las lenguas artificiales que  se querría fijar y sustraer a la historia viva de la lengua natural, participa de la monstruosidad. Es  una separación de la naturaleza. La característica de tipo leibniziano y el esperanto serían lo  mismo. La irritación de Saussure frente a semejantes posibilidades le dicta comparaciones  triviales: “El hombre que pretendiera construir una lengua inmutable que la posteridad debería  aceptar tal cual la recibiera se parecería a la gallina que empolla un huevo de pato” (p. 143). Y  Saussure quiere salvar no sólo la vida natural de la lengua sino los hábitos naturales de la  escritura. Es necesario proteger la vida espontánea. De esta manera, en el interior de la escritura  fonética común es preciso cuidarse de no introducir la exigencia científica y el gusto por la  exactitud. La racionalidad aquí sería portadora de muerte, de desolación y de monstruosidad. Por  esta razón es necesario mantener la ortografía común al abrigo de los procedimientos de notación  del lingüista y evitar la multiplicación de los signos diacríticos:  “¿Sería cosa de sustituir las ortografías usuales con un alfabeto fonológico? Tan interesante  cuestión aquí sólo puede ser rozada; para nosotros, la escritura fonológica debe limitarse al  servicio de los lingüistas. Ante todo ¡cómo hacer adoptar un sistema uniforme a los ingleses,  alemanes, franceses, españoles, etc.! Luego un alfabeto aplicable a todas las lenguas correría el  peligro de obstruirse con signos diacríticos; y sin hablar del aspecto desolador que presentaría  una página de semejante texto, es evidente que a fuerza de precisar, tal escritura oscurecería lo  que quiere aclarar, y embrollaría al lector. Y esos inconvenientes no quedarían compensados por  ventajas suficientes. Fuera de la ciencia, la exactitud fonológica no es muy deseable” (p. 85).

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